Y ahora sí. Estamos sentados en la fila 51 del vuelo LH511 con destino a la ciudad de Frankfurt. Asientos H, J y K. El K, no es casualidad, le tocó al dRummer, que por supuesto negará la afinidad política consonante.
El avión es grande, de dos pisos (arriba van los de primera, ese sueño postergado), y las azafatas son eminentemente alemanas. Una nos sonríe al pasar, la menos rubia, y más tarde incluso nos invitará una cerveza. Vamos bien.
Como siempre pasa en los viajes, las horas de vuelo sirven para asumir las cosas. Las cosas en este caso son caprichosamente inevitables: Tito, Gastón y yo nos subimos a un avión que despegó de Buenos Aires y no vamos a volver al menos por ocho meses. Doscientos cuarenta días de no tener procedencia, no tener ciudad, no tener casa. Y eso, decía, lo asumimos conforme el avión se interna en una nube espesa que nos baña de turbulencia. Las horas, digo, nos hacen dar cuenta del viaje. Ya de noche Tito duerme. Estaba nervioso en el despegue, hasta se tocó el corazón (¿o el pecho?) con su mano derecha. Fue un gesto claramente anciano, como si le preocupara más que le diera un infarto a que se estrellara el avión. Todavía, creo, no debemos estar en esa edad. Supongo que es el miedo acumulado o que quedó pasmado ante la evidencia de que los días pasan y nos dejan siempre en la última de las fechas. O en la primera… En fin, el hecho es que Tito duerme al lado mío y yo lo miro. Es el de siempre, la boca abierta en amenaza de ronquido y los paletones al aire. Todavía no babea, todavía.
El dRummer por supuesto está inquieto. Mira inicios de película y relojea a las minas. Justamente ahora, a mi izquierda, dedicada a la elástica tarea de acomodar un bolso, hay una rubia exquisita. El dRummer también lo nota y pone esa carita… mi socio en la perversión claramente será él, que hoy tiene el ojo que le explota pero no le importa. Es un orzuelo monumental al que llamó Orlando (su manera del optimismo es poniendo nombres propios a las desgracias). Me pregunto de pronto cómo llamará a la posible Malaria de Mumbai, o a la rabia de Siberia. Así como yo coqueteo con la tragedia, él la evita aun en su punto más evidente. Su virtud, sin dudas.
Se va haciendo de día. Volamos y amanece. Abajo, Frankfurt. La azafata lo anuncia y Tito se toca el pecho. Se acerca la tierra. Ahora lo asumo: me fui, nos fuimos. Vamos a aterrizar en Alemania. Nos fuimos. Sí, nos fuimos. Vendrán después Polonia, Ucrania, Bielorrusia, Letonia, Estonia, Lituania, Rusia y luego sí, el transiberiano, el corazón central de la aventura, el imán de nuestro fierro caliente que ahora, bajo el cielo tenue de Alemania, deja de ser la tensión del viaje que vendrá para convertirse, de pronto, en el primer día de un sueño cumplido.
Texto: Joaquín Sánchez Mariño
Video: Expreso a Oriente
Música: Under Control, de The Strokes