Cuando llegué a Myanmar, ex Birmania, mis amigos de Expreso a Oriente me preguntaron por qué había elegido viajar. Intenté responder instantáneamente; no pude. Se me hizo una laguna. La respuesta llegó con un delay de cuarenta segundos en los cuales se me proyectaron mil imágenes en la cabeza. Pensé tantas cosas juntas, buenas y malas, que cuando quise exteriorizarlas se me hizo imposible.

Ahora sí, a veinticinco días desde mi llegada, puedo responder algo. Viajo porque disfruto mucho conocer lugares nuevos, relacionarme con su gente y aprender de sus culturas y de sus estilos de vida. Entonces miro a mí alrededor y empiezo a entrelazar la idiosincrasia de nuestra cultura con la de ellos. Las mezclo. Se abre un juego imaginario con miles y miles de variantes. Son infinitas líneas punteadas que se relacionan en algún lugar del sistema y que al cabo de unos pocos segundos se esfuman en el vacío dejándome atónito, boquiabierto, dejándome más inconcluso que al inicio de la partida.
En fin, viajo porque disfruto perderme en ese laberinto que hoy ha dejado de ser un juego para convertirse en mi vida, en mi presente. Cada pasillo, oscuro o no, elegido, no está condicionado por nada ni por nadie.

Y hoy, mientras esperamos en el aeropuerto de Yangón para dejar Myanmar, me doy cuenta de que llegué. Me costó unos veinticinco días aclimatarme, el tiempo que tardó en llegar esta presentación. Ahora sí, acá estoy.

 

 

Texto: Ignacio Antelo
Video: Expreso a Oriente
Música: Don’t Stop me Now, Queen