Llegamos a Siberia en tren. Pasamos dos días en Irkutsk y salimos para el lago Baikal. Sé que es el más profundo del mundo y que ahí está la reserva de agua dulce más grande del planeta. El dato, a decir verdad, poco me importa. Nos subimos a una combi y una vez más estamos en la ruta. Siempre estamos en la ruta. El Baikal nos espera y en la radio suena una especie de reggae cuyo estribillo parece decir “acá hay amor, acá hay amor… Argentina Jamaica”. Nos reímos un rato y al tercer coro ya lo estamos cantando. Unos días después preguntamos y resulta ser un hit ruso que habla de un partido de fútbol entre nuestra selección y la de Jamaica en el que ganamos 5 a 0 (fue en Francia 98). “Ay qué dolor, ay qué dolor. Argentina 5, Jamaica 0… Ay qué dolor”, dice la letra original.
Llegamos finalmente al Baikal, específicamente a la Isla de Olkhon, un “foco de energía”, según las creencias chamánicas de la zona. El dRummer se entusiasma, tira una piedra al lago y repite su credo: “todo depende de las vibras”.

En Olkhon dormimos en lo de Serguei. Serguei es un ruso que, después de viajar mucho y estudiar otro tanto, decidió instalarse en la isla y llevar adelante la única iglesia ortodoxa rusa del lugar. Para devolver los buenos tratos que recibió durante sus viajes (“todas son vibras, todas son vibras”), recibe en su casa a cuánto viajero aparezca. Gratis, completamente gratis, tan solo hay que escuchar los campanazos puntuales de cada día y buscarse la propia agua en el lago.

Ahí mismo, en el segundo piso del complejo ortodoxo ruso, conocemos a los Pascal Jenny. Son una familia como cualquier otra que en el 2012 cambió los hábitos sedentarios del mundo moderno por un nomadismo a la carta. Y esa carta, parecida a la nuestra, hizo que nos juntáramos. En lo de Serguei compartimos una de las habitaciones más grandes. Isabelle y Henry, los adultos del caso, hablan perfecto español. El idioma o vaya a saber qué nos hace amigos. Con el paso de los días, la rutina nos va haciendo familia.

Después de Olkhon vamos en ferry a Ust-Barguzin. No hay hoteles, solo bosque y lago. Recuperan sin saber el credo del dRummer (las buenas energías atraen buenas energías…), y nos ofrecen hospedarnos en sus carpas. Aceptamos y dormimos ahí mismo, en medio de una tundra siberiana que parece no terminar nunca. Con los días nos vamos a un pueblito, después a otro y finalmente compartimos departamento en la frontera de Mongolia. La misma intriga que nos unió nos separa. Nosotros seguimos a Mongolia en colectivo y ellos alistan sus bicicletas. Va a pasar un tiempo hasta que me ponga a escribir esto. Cuando lo haga, me digo, quiero contar su historia.

Henry Pascal se casó con Isabelle Jenny hace muchos años. En el ´97 vivieron un tiempo en Beijing, China. Después vagaron por Sudamérica (tienen familiares en México), y finalmente se instalaron en Toulouse, en su Francia natal. Allí tuvieron a sus cuatro hijos: Jacob (13), Anne (11), Claire (6) y Bartimé (4). Y allí también, después de quince años de estabilidad, decidieron emprender este viaje. Henry se pidió un año de licencia y armaron las valijas. Varios bolsos, muchos libros de colegio (los chicos van a rendir el año libre), y bicicletas para todos. Objetivo: pedalear de Touluse a Beijing a través de Europa, Rusia y Mongolia. Cada tanto, aclara Henry, se toman una combi, un barco o un tren (recorrer los 5 mil kilómetros que separan Moscú del Baikal no es moco de pavo). Su historia es una locura total, pero la cuentan con tanta normalidad que yo mismo me pregunto si es lógica la sorpresa que me genera. No hacemos nada extraordinario, me dice Henry, nada de otro mundo. Salieron en abril de Francia, recorrieron Berlín, los países escandinavos, Estonia, San Petersburgo y desde Moscú se subieron a un tren y se encontraron con nosotros. “Lo que más me gusta es sentir que estoy siempre rodando, rodando sobre la bicicleta y rodando sobre el mundo… Incluso cuando duermo siento que no paro de rodar”, me dice Isabelle, y después le pega un grito a Bartimé, que está a punto de ahorcar a un gato. “También me gusta que, como viajamos con carpas, casi siempre dormimos donde queremos. No tener casa, no tener techo da una libertad impresionante”, dice después. Y Henry (Quique para los amigos), la mira hablar, la mira pensar y la mira mirarnos. Isabelle habla mucho. Le gusta decir cosas y le gusta escribir. Le gusta sentirse joven, le gusta serlo. Y le gusta de tanto en tanto contarlo todo en el blog de la familia (www.sixtette.blogspot.fr). A Henry en cambio parece que solo le gusta ella. Arma y desarma las bicicletas con una experticia de años. Lava los platos con arena en la orilla del lago (nos enseña la técnica). Hace el fuego, cocina, arregla el freno trasero de tal o cual bici. Descansa un minuto y medio, a veces dos. Si le queda tiempo, también arregla el freno de la bicicleta que se va a romper mañana. Pero siempre, no importa cuán agotado esté, tiene tiempo para mirar a Isabelle y poner esa cara que solo se explica en sinsentidos, esa cara tan de enamorado que da envidia.

Jacob, Anne, Claire y Bartimé son los hijos. Jacob habla como si pensara cada letra. Se le ve la confusión en la cara, esto de no saber bien qué va a ser de su vida con tanto viaje. Es muy inteligente, demasiado. Y su velocidad mental combinada con su condición de pendejo queda fantástico. No está viciado de ningún esnobismo o forma social. Capaz por eso nos hacemos amigos tan rápido. El dRummer le enseña español, él le enseña francés al dRummer. Nos hace un retrato a cada uno, me dice que va a ser artista y hacemos la primera entrevista de su carrera. Jacob quiere seguir con nosotros, no quiere estar perdiendo gente todo el tiempo. Pero no lo dice, para qué… Tan solo nos da una libreta y nos pide que escribamos tres objetos sin los cuales no podríamos sobrevivir. Ahí, en nuestras respuestas, guarda todos los recuerdos que le son posibles.

Anne es tímida. Le gusta hacer las carpas y maneja la bicicleta como si hubiera nacido en ella. No habla mucho. Dibuja bien y toca el piano. Se ríe despacito, sin llamar demasiado la atención. Isabelle cuenta que en la ruta está siempre preocupada porque nadie quede atrás, que espera incluso a riesgo de retrasarse ella misma. Cuando nos vamos nos da un beso a cada uno y se va a dormir sin siquiera silbar bajito. A sus 11, creo que entendió esto de la fugacidad.

Claire y Bartimé son pura infancia. Claire pregunta todo. Qué hora es. Qué hora fue. Qué hora va a ser. Pregunta y escucha. Eso es raro, escucha mucho. Y cuando está aburrida o tiene sueño se chupa el dedo. Una chica de 6 años que pedalea más de 30 kilómetros por día en Siberia y a la noche se chupa el dedo. ¿Cómo va a ser el resto de infancia, allá en Toulouse, cuando sus compañeros le pregunten por qué no sabe tal cosa del programa o por qué está atrasada en tal materia? ¿Va a explicar que conoce el mundo o solo va a enunciar el trauma: en el 2012 no fui al colegio?… Con Hipólito nos preguntamos cómo repercutirá eso en sus vidas, pero antes de llegar a una conclusión me interrumpe Claire y me pide que la alce. Se queda dormida y la dejo en la cama. Isabelle la mira. Antes de alejarme, Claire me llama y se despide. Después sí, vuelve a dormir con el dedo gordo en la boca.

¿Y Bartimé? Bartimé es –creo firmemente en esto– la reencarnación de un ex presidiario incorregible, uno de esos que organizan motines y vuelven una y otra vez a su cárcel del conurbano. Claro que Bartimé tiene solo 4 años y –pequeño afortunado–, no le da la edad para ser imputado. Además –esta es la principal amenaza–, es uno de esos chicos lindos que no va a necesitar demasiado para conseguir lo que quiera. Si tuviera mi edad lo odiaría, las circunstancias hicieron que lo adore.

Después de Beijing, me dice Henry, no saben a dónde van a ir. Puede que dejen las bicicletas en China y sigan a pie. Puede que sigan con ellas y viajen a Sudamérica. Pueda que vayan a India e intenten acercarse al Tíbet. O puede que… vaya uno a saber. Al día de hoy, mes de septiembre, están terminando de atravesar Mongolia. Van a estar un año en movimiento físico. Dudo que cuando se instalen logren quedarse quietos. Un lunes, después de una semana de viajar juntos, le digo a Henry que yo pensaba que nuestro viaje era largo e impresionante, pero que el suyo era verdaderamente monumental. Se ríe casi en silencio y me cuenta la historia de una pareja belga que viajó durante dieciséis años por el mundo. Iban de ciudad a ciudad siempre caminando o haciendo dedo. En el camino tuvieron hijos, se enamoraron fugazmente de otras personas, aprendieron idiomas y fueron internados alguna que otra vez. Finalmente volvieron al lugar de origen, también caminando. Nos quedamos callados, Henry y yo, y antes de levantarme de la mesa lo entiendo. Siempre va a haber alguien haciendo nuestro mismo viaje. Y eso –lejos de llamarse moda–, es una fuente inagotable de encuentros y coincidencias. Además, todo viaje es el germen de un montón de otros viajes, y todo viaje es mínimo y todo viaje es enorme, y ridículo y divertido, y tedioso, y mágico, extremadamente caro y extremadamente impagable, extremadamente único y peculiarmente intenso. Sino cómo me explico, después de solo dos semanas compartidas en Rusia, que los Pascal Jenny tengan tamaña dimensión en mi memoria.

 

TextoJoaquín Sánchez Mariño
Video
Expreso a Oriente
Música: Argentina-Jamaica 5:0 , de Chaif / Le Long De La Route, de Zaz