Bayna afina los ojos. Mira para los costados con cierto nerviosismo y busca. Se toca el labio con el dedo índice de su mano derecha. Achica aún más los ojos, mientras más cerrados están, más ve. Y entonces se da vuelta, nos mira, y con las dos manos como entregadas al cielo explota en una carcajada potente que nos enseña a un tiempo cuán perdidos estamos y cuán divertido es eso mismo: estar perdidos en Mongolia. Sigue riendo y trata de decirnos que no encuentra la montaña que el mapa dice que hay. Y si no encuentra no la montaña no sabe para dónde ir, porque puede ir para cualquier lado, la van soviética se la banca y la tierra está abierta para que la cruce el que quiera, pero qué hacer con semejante libertad, ¿a dónde ir?, ¿por dónde?, ¿para qué?… Vuelve a subirse a la camioneta y enfila para un lago que habrá visto por ahí cuando achinó los ojos. Y sigue riendo, Bayna, el mongol del que no vamos a olvidarnos nunca.

Ya en el lago ejercitamos la rutina diaria: cargamos agua, lavamos los platos, algo de ropa, y nos pegamos un baño. Bañarse en un lago de Mongolia es paradójico porque no es un baño, es un intercambio de una suciedad rancia, ya muy humana, por una suciedad de estreno, una suciedad hecha de algas y de tierra que a fines prácticos no cambia mucho las cosas, uno sigue sucio, pero es tan distinto que explicarlo no tendría sentido. Bañarse en Mongolia es como empezar todo de nuevo.

Después comemos unos noodles hechos al fuego y seguimos. Antes de que se haga de noche, otra vez, tenemos que encontrar dónde dormir. Y pido Ger, digo que hoy no quiero dormir en una carpa porque hoy, manda el calendario, es mi cumpleaños número 27. Entonces Bayna, que lo entiende todo, pone a fondo la van y, aun perdido, se dispone a encontrarme un Ger para dormir. Un Ger, mi pequeño lujo mongol… Y lo encuentra en medio de una estepa naranjosa que anuncia uno de los mejores atardeceres que vi en mi vida. Se baja de la camioneta y va a pedir permiso para que nos reciban, es decir, como si alguien cayera de pronto en tu casa de Cochabamba y San Juan y te tocara el timbre y te dijera si podés recibir a 6 tipos que andan viajando por ahí. Y como si dijeras que sí, claro, y los invitaras con té y masitas. Y esos seis tipos somos nosotros: el dRummer, Tito, las tres israelitas que nos acompañan y yo, que cumplo años y me doy el lujo de esperar agasajos. Y pongo cara de chinchudo acordándome de alguien…

Otra vez Mongolia me sorprende y me da esos agasajos. Tito me pregunta si no quiero comer carne por mi cumpleaños, le digo que sí, claro, y me pregunta por qué no pedimos que maten a una cabra, y lo miro raro, pero por alguna razón él parece que entiende cómo funcionan ciertas cosas (después va a alardear de eso, es la parte mala). La cosa es que negociamos con algunos dólares y en menos de veinte minutos están carneando una cabra que va a ser el banquete a compartir con la gran familia de Mongolia y con el padre Bayna, que un poco son la misma cosa. Trabajan juntos, el hijo menor atrapa a la cabra, el mayor la mata (rápido, 10 segundos, con piedad), y Bayna se pone de rodillas y ayuda a carnear. De esa cabra se va a usar el cuero, la carne, los huesos, todo, porque en Mongolia no se mata por nada, se mata como parte de la vida natural que llevan. Y todos saben matar a una cabra, es parte de la cultura nacional. Se lo digo a Tito, la cultura común de Mongolia son los saberes prácticos, cómo prender un fuego en medio de una lluvia, cómo cocinar un pescado, cómo arreglar los autos o motos que van cayendo en el camino, cómo cruzar un rio, cómo atrapar un lobo, como no morir de frío, cómo pasar el tiempo… Leo mientras tanto a Kapuscinski, que plantea que muchos consideran a la cultura nómade como una cultura menor, básica, pero a fin de cuentas son las culturas más antiguas del mundo, los únicos que supieron cómo sobrevivir a todo, y lo siguen sabiendo. ¿Cómo puede considerarse a eso una cultura menor?

La cabra nos hace felices. Nos da culpa verla morir, nos da un poco de asco la sangre y Tito en un momento deja de filmar. Y Bayna se ríe de él, hace la pantomima de un bebé, dice “papi… cry, cry, cry”, y después lo abraza. Y la cosa pasa y entonces, cuando ponen piedras ardiendo en la olla, la cabra se cocina y el festejo es ahí, con la mano, lamiendo los huesos y estirando los cartílagos para sentirlos. Panzada y a dormir.

Al día siguiente van a despertarnos con vodka casero. A Tito le van a servir tanto que va a empezar el día borracho, y se va a reír
casi tanto como Bayna.

Algunos días después estamos llegando al oeste. Ya no aparecen tantos Gers y pasamos varias noches en la carpa, que unos días después se va a romper en la mitad de la noche con el dRummer y Tito adentro. Y seguimos camino. Vamos al oeste porque está ahí, qué se yo, el paisaje es más o menos el mismo pero cada vez más grande, con nieve, y queda cerca de la frontera con Rusia y Kazajstán. En el camino vemos camellos y caballos recorriendo Mongolia como nosotros. Los camellos parecen burlarse de algo, no sé de qué. Y los caballos hacen la suya. Somos todos parte de la misma tribu.

Hay muchos ríos. Me bajo para hacer una toma de la camioneta cruzando uno y me doy cuenta, con la van del otro lado, que no tengo cómo cruzar. Y estoy con la cámara, y en el río se escuchan las piedras. Y se baja Tiki, la israelita mayor, y me ayuda, me extiende su mano, que no llega. Y el dRummer y Tito se quedan en la camioneta, probablemente pensando en lo pesado que soy, y por un momento fantaseo con que me lleve el río para que los hijos de puta se sientan culpables… pero no vale tanto la pena la venganza. Además en ese mismo momento aparece el dRummer, que se acerca al trote, y me mira y levanta sus dos manos… y agarra la cámara de fotos (se la pasé a Tiki con un palo), y se pone a filmar… Tiki le dice que suelte la cámara, que la ayude, pero el dRummer, periodista de raza, sabe lo que tiene que hacer. Y yo, por otra parte, me doy cuenta de que el río no era tan potente.

Finalmente llegamos a la triple frontera. Dejamos las cosas pesadas, estudiamos el mapa (así como si estudiáramos un tratado sobre la fusión de protones escrito en arameo), y nos disponemos a subir una pico nevado desde el cual se ven los tres países. Y en el momento que salimos aparece un francés desahuseado que viene de hacer la caminata con un trauma clavado en los ojos. Le preguntamos qué le pasa y se pone a llorar. Llora mucho. Llora y pide comida. Se la damos, las israelitas lo abrazan, él explica que lo atacaron dos kazajos que recorrían la frontera a caballo, y que lo amenazaron con un palo y que se fue corriendo y que no come hace dos días. Y las chicas lo siguen abrazando y se le va yendo el hambre y el trauma. Y lo invitamos a venir con nosotros, y acepta, y salimos caminando todos y empiezo a hablar con él, que me dice que sobrevive con lo que le da la gente y que apenas terminó su universidad se fue a buscar la naturaleza profunda. Y después me alejo y le digo a Tito que éste, el francés, se comió la película Into the Wild. Muchos se comieron la película Into the Wild, yo incluido, pero este más. Y así era nomás, no pasa más de un día que el francés –que resultó tener comida encanutada– se pone a hablarme de la película… En fin, dormimos al pie de la montaña que tenemos que subir al día siguiente pero el día siguiente llega bañado de blanco. La nieve es demasiado incluso para el pichón de Alexander Supertramp. Volvemos por el camino recorrido pero acompañados de una tormenta blanca que dura horas. Cuando llegamos al campamento encontramos a Bayna y nos aliviamos todos. Lo abrazamos y nos ofrece vodka. Dormimos en el Ger de los cuidadores de la frontera y en medio de la noche pedimos que apaguen una música horrible que suena y que no nos deja dormir. Nos dicen que no, que no se puede vaya uno a saber por qué, pero insistimos, y al final ceden. Cuando nos despertamos, la familia está desesperada, el padre da vueltas a caballo con una escopeta al hombro y Bayna no se ríe. Alguien nos lo explica: un lobo apareció a la noche, asesino a un par de cabras y lastimó a varias más. Al parecer, sigue la explicación, a la noche ponen una música horrible que ahuyenta a los lobos y deja en paz a las cabras. Y esa noche… bueno, esa noche no hubo música.

Nos vamos con un poco de culpa y algunas imágenes de cómo vacunaban a las cabras. El padre seguía buscando al lobo junto con algún vecino. Cuando lo encuentren y lo maten, dice Tito, van a festejar carneando a una cabra.

Y ahora nos reencontramos con la risa de Bayna, que rebota entre los vidrios porque el dRummer dice el número seis como si fuera sex. Y eso, el sex, a Bayna le resulta gracioso, y hace un gesto con las manos (palma contra palma), que viene a significar esa remota actividad de la que tenemos tan buenos recuerdos. Y Bayna ríe y dice Gasto, Gasto (Gasto es el dRummer), y después dice sex, sex, y choca las palmas, y se ríe, y Gasto que ya quisiera, y Tito que para Bayna es Papi, y yo que para Bayna soy Coqui… Y paramos en otro Ger, estamos volviendo, y ya despedimos a las israelitas, que se fueron para Rusia, y Bayna hace empanadas con la carne de otra cabra, y como somos menos en la camioneta propone levantar a algunas personas que hacen dedo, y levanta a tres, a tres más, a tres más. Algunos cantan, otros se entusiasman con un parlantito azul que tengo, algunos nos hablan de vaya uno a saber qué… Y al final solo quedan tres, una madre, una hija y una abuela. La abuela está copeteada y tiene un vodka por abrir, la nieta mira raro, la hija parece resignada a las generaciones que la circundan. Y la abuela me ofrece a la nieta, que a su vez me ofrece vodka, y Bayna se ríe y choca las palmas, y la nieta no debe tener más de 15, y la abuela ahora le coquetea al dRummer. Me sobrepasa la bizarrez de la situación y la sobrevivo a vodka barata. Bayna arregla para que durmamos en el Ger de esta familia. La nieta finalmente me cambia por uno de mis pares y me siento libre de coqueteo. Y ahora la víctima es arrastrada por el campo por una quinceañera que cada tanto se pone al lado suyo a mear a pleno cielo, y mi par escapa trabajosamente. Y se hace de noche, y con Tito no dormimos ni un segundo por varios motivos: la luna brilla demasiado y nos da en la cara por el agujero superior del Ger, la abuela ronca como no pensé que pudiera roncar nadie, ni el propio Tito, y además a eso de las 4 de la madrugada aparece el padre con la madre y la nieta y se ponen a hacer un juego de luces con linternas y a decir cosas extrañas, y así como así se llevan a la abuela violentamente, que deja de roncar y ahora grita, y las luces de linternas nos rodean mientras el dRummer duerme y con Tito fingimos dormir pero lo vemos todo, una especie de ritual que bien podría terminar con la cocción de nuestros cuerpos en una olla repleta de piedras ardientes. Pero no pasa, y a eso de las 5 y media aparece el primer rayo de sol (ni siquiera es un rayo, es un asomo), y con Tito levantamos campamento, despertamos al dRummer y le decimos a Bayna que raje, que se ría todo lo que quiera pero raje, y la nieta queda ahí parada con cara rígida y reclamando el golpe de palmas que ninguno de los tres argentinos se atrevió a regalarle.

Y Mongolia se acaba. Ulan Bator va a llegar ese mismo día. Bayna lo promete. No quiere que llegue pero lo promete. Y nosotros estamos un poco ansiosos por llegar pero también queremos que no llegue nunca. Y la van avanza y de pronto, de atrás de una montaña, aparecen unas chimeneas de fábricas y una fila brumosa de casas apagadas. Son las afueras de Ulan Bator. Y Bayna lo mira y ya no se ríe, yo voy al lado suyo, lo voy mirando muy atento. Es demoledora la manera en que Bayna mira esa ciudad lejana llamada Ulan Bator. Y nos mira y señala y dice, ahí, ahí está Ulan Bator. Y no festejamos, aunque queremos llegar no festejamos porque sabemos que vamos a dejar Mongolia, pero sobre todo que lo vamos a dejar a él, a nuestro amigo y nuestro padre, al hombre que hizo que Mongolia fuera una excusa para conocerlo. Achina los ojos de vuelta, Ulan Bator dice, y se queda en el más feo de los silencios. Por las mínimas ranuras de sus ojos se le cae una lágrima fina que no llega a rescatar. Lo disimula pero todos sabemos que la lágrima está ahí, cayendo lentamente de sus ojos a su pantalón de guerra o a la mano que tiene en el cambio. Y ahí, mientras la lágrima se evapora en el calor Ulan Bator, yo dejo la propia, los chicos las suyas, y nos separamos con un abrazo tan profundo, tan hermoso, que vuelvo a entender que todo se trata de las personas.

 

TextoJoaquín Sánchez Mariño
VideoExpreso a Oriente
Música:  El Idolo, de Babasónicos / Ondar Mongun-Ool , Sygyt, de Tuvinian Singers & Musicians