Frankfurt, puerta de entrada a Europa, al menos para los ojos de los que nacimos en nuestra tan hermosa y caótica Sudamérica es una ciudad de mentira. Uno camina por sus calles y tiene la sensación de estar rodeado de actores en un set de filmación. Todos, prolijos ellos, siguen a la perfección la coreografía de una obra que habla del orden, la limpieza y la armonía.

Los autos, edificios, máquinas, trenes, parques, buses y bicicletas también son actores protagonistas. Y hasta el clima, cálido, casi zambulléndose en el río, parece cómplice. Recién entonces uno se pregunta si lo que está viviendo es real o sólo se trata de una parodia de la novela de Aldous Huxley.

Claro que Frankfurt también es famosa por sus excelentes embutidos, en especial la salchicha (frankfurter), y porque al igual que en el resto de Alemania la ciudadanía se baña en lagos de cerveza, reemplazando al agua como fuente de vida por la bebida hecha a base de malta. Pero a pesar de sus preferencias gastronómicas, la ciudad, capital financiera germana, derrama capitalismo por sus poros, reflejado en sus lujosos autos, en los interminables rascacielos, y en sus coquetos restaurantes.

Si bien la capital del país es Berlín, Frankfurt es considerada la capital financiera y económica de la Union Europea. Aquí están el Banco Central Europeo, la Bolsa alemana y el Deutsche Bunsdesbank (Banco Central de Alemania). En esta ciudad hay más de 370 bancos y se compran y venden acciones de todo el mundo cada día. En 2001 de hecho fue considerada la ciudad más rica del continente. En Frankfurt, sin ir más lejos, se maneja el destino del Euro.

No obstante, en el corazón de Frankfurt, el pasado octubre comenzó a gestarse un cambio: en la W. Brandt Platz, frente al edificio del Banco Central Europeo y al monumento exageradamente grande dedicado al Euro, un grupo de personas decidió ponerle freno al capitalismo voraz y acampó en señal de protesta, con carpas y condiciones bastante precarias. Hoy, con un permiso temporal del gobierno, ya son más de 300 los que se reúnen en asambleas diarias y se ganaron el mote de los indignados de Alemania.

Alemanes, italianos, rusos y hasta una argentina conforman el pintoresco paisaje en el centro de Frankfurt. Carteles, banderas, trapos e insignias adornan el reclamo. El contraste es dantesco: del cruce de un tranvía inofensivo frente a un edificio que de tan inteligente parece superdotado, a las plantas de la huerta orgánica en el ingreso del parque; de los mocasines Gucci recién lustrados y los trajes Brioni, a la desnudez de los pies; de los BMW último modelo a las bicicletas destartaladas; desde la cómoda conformidad, al reclamo más necesario. En el campamento algo está latente, a punto de estallar.

Pero a pesar de que todos justifican la medida, por lo bajo, muchos no están completamente de acuerdo con las formas. Al interior de la “demostración” (así la llaman), varios se quejan de muchas actitudes que llegan a tildar de racistas y violentas. Se registraron también agresiones y algunos de los indignados debieron mudar su carpa dentro del parque. Muchos acusan que hay gente que solo está ahí porque no tiene dónde vivir; otros dicen que en las asambleas se dice mucho pero en la práctica se hace poco, o que a pesar de las buenas intenciones no hay un plan concreto.

Lo cierto es que, a pesar de las diferencias obvias e ineludibles, en el centro económico y financiero de Europa sigue creciendo una toma de conciencia frente a la crisis que genera el capitalismo despiadado. Contra la especulación de los bancos y en busca de una alternativa nueva que escape a los sistemas tradicionales: capitalista y comunista. Cada vez son más en la W. Brandt Platz, la gente en Frankfurt ya sabe de ellos y Alemania comienza, lentamente, a abrir los ojos frente a un sistema que hace de la injusticia y la desigualdad su reinado. Ahí, en los cuarteles generales del Capital, en la “ocupa permitida” –simpática contradicción– la voz se empieza a alzar, como también sucede en España, Italia, Grecia y tantos otros países de Europa, que quiere dejar de ser el viejo continente para entablar discusiones más modernas.

Solo el tiempo dirá si los objetivos se alcanzan, pero los primeros pasos siempre son señales de júbilo y dignas de celebrar. Frankfurt, ahora, tiene algo de razón… ya no sé si es una ciudad de mentira.

Texto: Gastón Bourdieu
Video: Expreso a Oriente
Música: Money, de Pink Floyd