• Se oyen ruidos en la carpa. El frío invita a no salir nunca de la bolsa de dormir, pero Bayna ya apura a la troupe para seguir viaje. Afuera la escarcha se acuesta sobre el pasto. El día es largo, pero el camino a desandar más largo aún, y en el itinerario trazado para recorrer Mongolia en 25 días no hay tiempo que perder. Desde la carpa de al lado llegan afanosas las quejas en hebreo de nuestras tres compañeras de viaje: Tiki, Chen y Munit. Logramos vencer al sueño, desayunamos un café turco lleno de borra y galletitas húmedas –o lo que haya tirado en la caja de la comida–, desarmamos las carpas y nos subimos a la camioneta soviética modelo Ulianov (el verdadero apellido de Lenin) año 83. Otra vez, como todos los días, estamos andando Mongolia.Así podría describirse una mañana de las tantas que llegamos a hacer rutina en el país que nunca imaginé visitar. Pisamos la capital de Mongolia, Ulan Bator, con la idea de recorrer el lugar durante un par de semanas antes de seguir camino a China. A decir verdad, no sabíamos mucho al respecto. Pero bastó con cruzarnos en el hostel a dos rubias agraciadas, que nos invitaban a compartir la aventura de recorrer todo el país en una camioneta, para que las dos semanas se convirtieran en un mes. La decisión la tomamos tras una asamblea en el restaurant de comida coreana (nuestro favorito) de a la vuelta del hostel. ¿Para qué mentir? No fue difícil.

    Tres días después conocíamos a Bayna, nuestro excelso piloto mongol. Un hombre en el que se mezclan a la perfección una madurez curtida por el trabajo en el desierto de Gobi y una asombrosa infantilidad lúdica. Domador de huellas, surcador de ríos, entusiasta de pozos, apareció un día a toda velocidad por el estacionamiento de un monasterio budista. Bajó de la camioneta en cuero, con un pantalón militar y un gorrito de pescador en la cabeza, delineando un cuadro que cobraba aún más sentido con sus apenas 160 centímetros de existencia. Sonreía. “Es un manija”, pensamos todos. Él ya se había puesto su camperita azul, la que nunca más se iba a sacar.

    Tiki, libia de nacimiento e israelí por elección, era la experiencia, la madre del grupo. Con algo más de 50 años se embarcó a la aventura mongola para acompañar a las mellizas Chen y Munit –las persuasivas–, también de Israel, pero de tan sólo 21 años. Segura, convincente, pero a la vez relajada y dispuesta a esperar de la vida lo que ésta tenga para darle, conoció a las chicas hace unos años y desde entonces comparte con ellas una relación armónica, atemporal, tan de madre como de hermana, sólo quebrada por el vegetarianismo de las más jóvenes. En esa materia, Tiki es una argentina más.

    Las mellizas, de fuerte carácter judío –quizás por la estricta educación de su padre rabino–, diestras en la cocina y adictas al repollo, cosecharon en el grupo una relación de amor-odio tan típica de las convivencias. Apasionadas, imperativas, demandantes, expertas y novatas en igual medida, inocentes y culpables, pero cariñosas y entregadas, hicieron del viaje una experiencia religiosa. La única cláusula que pusieron fue celebrar los shabat. En nuestros términos cristianos, hacer huevo el sábado no molestaba para nada.

    La inmersión en tierras mongolas se convirtió, tan rápido como lo imperceptible, en una aventura que no encuentra espejo en nuestro viaje. En un registro tan agotador como alucinante. En una expedición debeladora y pedagógica. Como la luz de la mañana que se cuela entre las arrugas de una persiana vieja y llena la habitación de una atmósfera natural e hipnótica, los rayos de Mongolia nos fueron encandilando con lo cotidiano, a cada paso que dábamos, y sin asidero a nuestros sentidos occidentales, nos dejó perplejos.

    Durante casi una semana abandonamos a Bayna y nos encomendamos a la sapiencia de Naranjú, un jinete animado, cantador, que nos llevó hasta una aldea perdida para ver a unos renos con cuernos de enormes formas misceláneas. Hombre instruido por la naturaleza, inseparable de su traje, su sombrero y su caballo, Naranjú nos apadrinó por unos días. Nos recibió como niños, nos educó con sabiduría, nos dejó crecer mientras montábamos y se alegró al ver nuestra madurez al paso del galope. Por la noche dormía bajo las piedras y la tormenta; por la mañana nos levantaba con té. Lo único que pudimos regalarle fue un efímero fanatismo por Spinetta. Él hasta nos dedicó una canción.

    Cabalgamos durante tres días para llegar a Taiga, donde un río helado bañaba dos chozas olvidadas entre las montañas. Tomamos té, comimos pescado, luchamos –una especie de judo, principal pasatiempo en esas tierras–, y tuvimos mucho frío. En invierno, según nos contaron, los días allí se reducen a sentarse alrededor del fuego y arrojarle cualquier cosa al alcance con tal de que se mantenga encendido, procurando que el frío, en forma de muerte, no se cuele entre los troncos de las chozas. Un frío que no se despide ni en verano, que se siente en la piel como desesperación, que, atragantado en la conciencia, hiela hasta las ganas.

    Así, quejándonos del frío del verano, conocimos el interior del interior de Mongolia. Volvimos a montar de regreso, nos despedimos de Naranjú y tratamos de menguar la tristeza del adiós con el reencuentro de Bayna, aunque no fuera suficiente. De todos modos, tampoco había tiempo. Otra vez al ruedo.

    Durante 25 días avanzamos casi sin descanso, excepto por los sábados (shabat). Erdenet, Hoobsgol, Mörön, Tsagaan Nuur, Tsetserleg, Zungovi, Urgnoor, Taban Bogd, Olgiy, Hovd, Tavantulguil. Nombres que en el mundo de carne y hueso solo se perdían entre algunos caserones en el medio de montañas desoladas, o que simplemente servían a los fines de mi registro, a pesar de que durmiéramos a la intemperie, en el medio de la estepa. Esos nombres, entonces, sólo figuraban en mapas escritos en cirílico y no llegaron a encarnarse. Mongolia es un todo imposible de desmenuzar, y las entrañas de ese todo solo habitan en la imaginación.

    Estábamos viajando de un lugar a otro sin saber porqué, durmiendo en carpa en el medio de la nada o en gers, las carpas de las familias nómades (el 40 por ciento de la población muda su rebaño, sus caballos y su casa cada año) dispersas por todo el territorio. De algún modo, no estábamos yendo a ningún lugar. O sí, a todos. Y un día empezamos a entender la lógica de esa incursión a ciegas. La aventura en Mongolia no es estar en un lugar, sino ir hasta él. Lo importante en Mongolia es estar en el camino, recorrer sus huellas. Lo que se disfruta, como diría Drexler, es la trama y no el desenlace.

    Y así, sin entenderlo, Mongolia, un país que no existe ni en el tablero del TEG, se transfiguró en nuestra conciencia. Ahora, Mongolia era un jinete con nombre de jugo. O era Bayna, o la camioneta Ulianov modelo 83 de Bayna. Mongolia era la traba rota de la ventana que todos los días nos regalaba un juego de ingenio para arreglarla. Mongolia eran las tazas y los platos sucios que saltaban dentro de la cacerola, también sucia. La percusión constante que se desprendía de ese baile. El tubo de Pringles oficiando en cenicero.

    Mongolia eran también los lagos helados en los que nos bañábamos. Los cigarrillos que armaba con hojas de diario por no tener más papeles. Los gers donde nos recibían cada noche. El té salado –hecho con leche de cabra– que todos nos ofrecían pero que nunca pude tomar con ganas. Mongolia eran también las cabras que carneamos en el camino, o la bosta que levantábamos durante toda la tarde para cocinar esas cabras (no hay árboles para hacer leña, por ende se hace fuego con la bosta). Mongolia era el arriero en moto, el vodka barato. Mongolia era la aldea movilizada contra el lobo que mató 80 ovejas. Mongolia era también ese lobo suelto. Mongolia eran los nenes desnudos en brazos de sus madres, el frío de la montaña, el calor de la meseta, el arcoíris que nunca se pintó.

    Hace más de 700 años, Ghenghis Kan atravesó todo el país conquistando tierras, sin detenerse a fundar ciudades porque consideraba que eran una pérdida de tiempo que atentaba contra la extensión de su imperio, el más grande del mundo. Hoy, tras recorrer Mongolia durante casi un mes, no nos encontramos a Ghenghis Kan más que dibujado en todos los billetes (tugriks), pero algo de su espíritu se conserva en la esencia del mongol. El movimiento se refleja en el nomadismo, la valentía en el carácter, y el espíritu guerrero en su principal pasatiempo: la lucha. No conozco bien el porqué de la referencia histórica, quizás sólo esté tratando de descifrar si nosotros atravesamos Mongolia o Mongolia nos atravesó a nosotros. O quizás sólo esté buscándole un cierre a esta crónica, que quedará inconclusa hasta el próximo capítulo. La aventura “Mongolia” merece una zaga, y por eso será contada en dos partes.

  • La columna del Popi

    Lo más lindo de Mongolia apareció desde el primer día: la libertad. La libertad de andar, de dormir, de cocinar donde quieras. De vivir donde quieras. Libertad de cocinar en un lago o en un valle. Libertad de dormir al lado de un río o bajo un arcoiris.En un país de 3 millones de habitantes y 40 millones de cabeza de ganado, el 40% de la población es nómade. La división de tierras no llegó al interior de Mongolia. Todo está suelto hasta que empieza a caer el sol, cuando los arrieros motorizados salen a buscar los animales. Bata, un mongol que habla inglés, nos cuenta que agentes del Estado recorren en moto los valles y cobran impuestos a las familias según la cantidad de ganado que tengan. Nos confirma lo que nos preguntábamos, cada familia puede elegir donde vivir. Solo basta con armar una carpa en el medio de la nada y pagar algunos impuestos.

    Cerca de la mitad de la población vive en Ullán Bator, la capital, donde hay un boom de crecimiento y migración que hace que la ciudad esté completamente colapsada. Lo paradójico del asunto es que llega el viernes y muchos de sus habitantes vuelven al nomadismo. Agarran sus autos y se van a su GER familiar en el campo a pasar el fin de semana.

    En Ullán Bator conocemos a un cubano que vive en Mongolia hace 20 años que nos cuenta que el futuro de los mongoles está en las reservas de oro y otros minerales que hay en Gobi. En esto, nos dice, los coreanos están invirtiendo mucho dinero. Así también los japoneses, que están proyectando construir una especie de refugio futurista para jubilados en el medio de Mongolia, algo así como Florida para los estadounidenses.

    Parece que Mongolia recién comienza, que está todo por hacerse. La mayoría de los caminos fueron abiertos por autos y camiones que atraviesan valles y montañas. Marcan una huella y, cada tanto, la lluvia y el barro sugiere al conductor que haga una nueva a pocos metros. Así uno va de una ciudad a otra y ve hasta diez huellas de autos, diez caminos alternativos para andar.

    La escencia del Mongol es una caja de supervivencia. Bayna nos lo demuestra todos los días con un truco nuevo. Nos protege y nos enseña desde cómo cortar leña cuando no hay hacha hasta cómo armar con palos una hornalla para cocinar.

    Mongolia es eso. Es la reivindicación del quehacer cotidiano. Levantarse con el sol, cuidar al ganado, cocinar dulces, hacer té salado y criar a los chicos. Lo demás, son detalles.

 

CrónicaGastón Bourdieu
Columna: Hipólito Giménez Blanco
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Expreso a Oriente
Música:  Una canción me trajo hasta aquí, de Jorge Drexler / Inter – En Annunakilandia, de Calle 13